Octogenaria

Sobre mi vecina exiliada

Francia, país vecino de España e Italia, cuenta con muchos exiliados y expatriados, de diferentes nacionalidades. Entre todos ellos, mi vecina.

Como ya he dicho alguna vez, esta es la segunda vez que vengo a vivir a Francia; y actualmente (en el momento de escibir y pulicar el artículo), no estoy en mi casa propia, si no en casa de mi suegra. Ella nos acoge temporalmente, mientras podemos decidir qué hacemos con nuestras vidas y mi trabajo.

Los vecinos de la zona, y en especial Madame Michel, siempre han estado aquí: hace años que el vecindario es el mismo. Ya hacía años que había escuchado su nombre, pero nunca habíamos cruzado ni si quiera unas palabras, hasta que vine a vivir aquí.

A mi suegra le pareció divertido el explicarme que tenía una vecina española, e imaginaba que Madame Michel estaría contenta de poder encontrarse con alguien que le hablara en español, osease, yo.

Así que el día que nos cruzamos al llevar a los niños al cole, no dudó ni un momento en presentarnos. Ella hizo un gran esfuerzo para intentar recordar su lengua materna, medio olvidada ya, después de los años que hace que está aquí, más de 50.

Pero rápidamente se lanzó a hablar, y a explicarme su historia de cómo llegó a vivir a Francia. Esto es hoy lo que os voy a contar, con su permiso.

¿Alguna vez les habéis preguntado a vuestros abuelos que os cuenten sus historias de vida? Estoy convencida de que tienen muchas cosas interesantes que contar, y seguro que no exageran al hacerlo. La memoria a largo plazo, es la que mejor se conserva, y hechos como el que nos cuenta Madame Michel, quedan grabados en la retina con todo tipo de detalle.

Justo aquí abajo os transcribo su historia, en tercera persona. No están todos los detalles que ella hubiera querido, pero ya se hacía demasiado largo. Madame Michel fue hija de un revolucionario que además de republicano era muy machista y egoísta. Ella solo quiere dar a conocer su historia, para que no caiga en el olvido: Cómo fue su escapada a Francia, la cual nunca debería de haber sucedido, y cómo fue su vida, llena de penurias, en cuanto llegó a Francia.

Os animo a que la leáis 🙂

Libertad

Mi padre le dijo a mi madre antes de irse, que si era un niño se debía de llamar Juan; y si era niña se llamaría Libertad.

Madame Michel

El 21 de setiembre de 1936, en Barcelona, nació Libertad, un bebé de 5 kg, en mitad de los bombardeos que acechaban la ciudad, en plena guerra civil española.

Cuando su madre estaba de dos meses de embarazo, su padre se fue a luchar con la legión en el bando republicano. Así que cuando Libertad nació, no conoció a su padre, y pasarían muchos años antes de saber de él. Éste finalmente se refugió en Francia, en el momento en el que Franco tomó el poder en España.

Los años fueron pasando, y a pesar de la época en la que le tocó vivir, nunca le faltó de nada. Era la reina de la casa.

A su madre, Ana, le tocó trabajar para poder tener ingresos. Ella era analfabeta, no sabía ni leer ni escribir, pero aún así consiguió trabajo en una fábrica de corsets y sujetadores. Y debido al gran número de horas que pasaba trabajando, Libertad fue criada por su abuela.

Algunos detalles sobre su vida en Barcelona

No tiene muchos recuerdos de sus primeros años en Barcelona, en plena Guerra Civil. Pero sí que recuerda que, aún después, el ambiente era muy hostil.

Hubo un día que cogió el tranvía con su madre y ese día había una mujer muy embarazada, con fecha de parto cercana, que le pidió permiso a un joven para poder sentarse. Él se negó a cederle el asiento, y la mujer empezó a quejarse. Como resultado, apareció un guardia civil que cogió a la mujer y la aporreó con la porra, dejándola inmóvil acurrucada en el suelo. Imágenes como estas, se le quedaron gravadas en el cerebro, a su corta edad.

La familia de Libertad era una familia muy católica y practicante. Todos los domingos iban a misa, y al salir se pasaban por el cementerio. A la edad de 6 años, su madre la quiso escolarizar en la escuela católica con las monjas. Pero al escuchar su nombre, Libertad, rechazaron rotundamente la inscripción: la niña tenía un nombre republicano, y de aceptarla, los problemas con la dictadura de Franco estaban garantizados.

Y así fue que rápido y corriendo, y en secreto, la rebautizaron con el nombre de Juana. Gracias a ello, después pudo ser aceptada en la escuela católica, a la que fue hasta los 11 años.

En aquella época, y cada día de manera rutinaria, para poder acceder a la escuela las monjas las revisaban de arriba a abajo, hasta las uñas y detrás de las orejas. Eran frecuentes las enfermedades infecciosas, y la medicina no tenía los avances de la actualidad. Así que de manera preventiva y para purgar a los estudiantes, el alcalde de la ciudad de Barcelona del momento aconsejaba darles aceite de hígado de bacalao, en líquido, lo cual tenía un gusto tan malo que no le desea a nadie probar.


Desde que su padre se fue al exilio, su madre nunca tuvo noticias de él, ni tan solo una carta, nada. Su padre que se sabía que era republicano que había luchado contra las fuerzas de Franco, era perseguido por la policía española.

Y fue cuando comenzó a ir a la escuela, que comenzaron a llegar cartas de él. Pero su madre no sabía ni leer ni escribir, de manera que era la abuela quien se las leía. En ellas siempre había escrito:

…después de recibir esta carta, la lees y la destruyes.

Y eso era lo que hacían siempre, pero de nada servía. Al día siguiente siempre estaban convocadas en el en el cuartel de la guardia civil.

Después de esa primera vez, cada 6-12 meses su madre recibía una carta y al día siguiente se repetían los mismos hechos. Y cada vez que iban a la comisaría, cada vez eran golpeadas. E incluso a su madre le quemaban cigarrillos encima para obligarle a decir la verdad que querían escuchar.

A las dos se les interrogaba en salas distintas, preguntándoles sobre la carta que habían recibido de su padre. Libertad solo podía contestar lo que le habían dicho que debía decir: que su padre estaba muerto y que nunca lo había conocido, lo cual era una verdad a medias en aquel momento.

Y esto fue así hasta sus once años, momento en el que su madre, Ana, recibió una carta en la que su padre le explicaba que alguien se presentaría en su casa para llevarles a Francia con él.

Su madre no lo podía creer. Después de tantos años, sin apenas saber de él, sin verle, de repente se veía obligada a ir a su encuentro: Por supuesto que no quería ir.

Anita -dijo la abuela- tienes 34 años y tu hija 11 y no conoce a su padre. Tienes que ir. No va a ser enseñándole fotos y diciéndole que “este es tu padre” que realmente lo va a conocer.

Once años sin saber nada de su marido. No sabía que clase de vida había tenido durante todos estos años, ni que era lo que estaba haciendo actualmente. No sabía nada de él, ni siquiera si lo amaba. Pero la abuela insistió tanto, quese vio forzada a ceder (en aquella época la religión tenía un peso importante, y la familia también).

En efecto, días más tarde un hombre se presentó en su casa, avisándoles de que debían prepararse para ir a Francia. Lo único que dijo es que volvería a por ellas y que debían estar preparadas con una pequeña maleta, varias piezas de ropa encima, y varios pares de zapatos. Esas fueron las únicas recomendaciones.

La escapada hacia Francia

En octubre de 1947 el guía volvió a aparecer.

Era de noche y hacía un frío horrible. Rápidamente y sin despedirse de la familia, cada una cogió su maleta y a las 4 de la madrugada, empezó el viaje.

Aún se acuerda de la abuela asomada al balcón, diciéndoles adiós: –Anita, Libertad, no nos volveremos a ver nunca más. Y esa fue la última vez que se vieron.

Se fueron caminando a través de las calles de Barcelona, durante mucho tiempo, con la idea en la cabeza de que iban a coger un tren. Libertad no paraba de preguntar “¿pero cuándo llegamos a la estación?” y el guía pedía que la hicieran callar. Y después de mucho caminar, y de haber salido de la ciudad, llegaron a una granja escondida en medio del campo, de la que sólo se veía una pequeña luz. En ese momento el guía se metió los dedos en la boca y comenzó a silbar, haciendo un ruido similar al de un pájaro.

De la granja, parece que les responden de la misma manera, con el mismo sonido. Y justo después el guía les dijo: –¡Ahora! ¡Corred hasta la granja! Os están esperando.

Su madre le cogió de la mano y ambas fueron corriendo en la oscuridad hasta la luz. Y justo en ese momento una gran puerta se abrió, y pudieron entrar dentro. En su interior, había una gran mesa con gente comiendo alrededor. Y entre la confusión, alguien les indicó de sentarse: –sentaos, os vamos a dar de comer. Y les dieron un bol de sopa, a pesar de que no tenían ganas de comer.

En el inicio de esta travesía, iban a ser 27 personas, de las cuales, Libertad, la más joven, la única niña.

En cuanto volvió a caer la noche, cogieron todos sus pertenencias y salieron todos en fila india. Aún seguían pensando que iban a coger el tren. Pero rápidamente les quitaron esa idea de la cabeza: El guía les respondió -vamos a ir hasta Francia a pie.

Libertad recuerda ver su madre llorar diciendo que nunca habían ido a la montaña. Y así fue como vio también la nieve por primera vez.

La travesía duró varias noches. Caminaban durante la noche y se refugiaban durante el día, en granjas abandonadas, a veces con sólo un montón de paja donde descansar. La ropa del momento, falda para las mujeres en pleno invierno, y los zapatos de ciudad, no eran la vestimenta más adecuada para tantos días de caminata. Y rápidamente comenzaron a salir las heridas por las piernas y los pies; y el calzarse los zapatos, causaba un dolor insoportable en los pies llenos de heridas.

Uno de esos días tuvieron que cruzar de noche un río. Durante el día había estado nevando, y por suerte, a Libertad la cargó el guía sobre sus hombros. El resto del mundo tuvo que quedarse con la ropa mojada hasta esperar que secara por sí sola, con el frío que hacía en ese momento.

Los días pasaban y apenas tenían comida ni agua, ya que no estaba previsto caminar durante tantos días. Hasta las cantimploras de los guías estaban vacías.

El quinto día el guía les dijo que conocía un sitio donde encontrar agua potable, así que les llevó. Esto resultó ser un agujero lleno de agua de lluvia, con barro al fondo. El guía les enseñó como hacer para poder beber de ese agua, sin tomar el barro. Pero a pesar de ello, al día siguiente la más de la mitad estuvieron con vómitos y diarrea; aunque Libertad se libró.

Como llevaban muchos días sin comer, el guía les llevó a un sitio donde la gente dejaba comida para los refugiados que estaban de paso. Se trataba de un árbol con un hueco en su interior. Y efectivamente, ahí encontraron qué comer: Un trozo de pan duro, del tamaño de un puño que el guía lo rompió dándole un golpe con una piedra. Y así cada uno tuvo un trocito de pan, que tuvieron que reblandecer con su saliva antes de poderlo comer.

Llegado el octavo día, el guía les reunió para explicarles que iban a cruzar la frontera, pero que para ello, debían cruzar un pequeño puente uno por uno en silencio. Las 25 personas lo cruzaron, y cuando fue el turno de ellas, su madre se negó a dejar ir a Libertad sola. Así que con el visto bueno del guía, cuando fue el momento, corrieron como nunca antes lo habían hecho, cogidas de la mano.

Los perros comenzaron a ladrar, y tuvieron que deshacerse de todas sus pertenencias para poder llegar al otro lado de la frontera. Así que en ese momento, lo poco que tenían, lo perdieron.

Siguieron corriendo hasta el amanecer, cuando llegaron a otra granja en medio de la nada. Aquí les explicaron que les estaban esperando, y que por la noche, tendrían derecho a un baño caliente, y a dormir en una cama de verdad, abrigados.

Al día siguiente, los guías volvieron para solicitar ser pagados. Y su madre se sorprendió de tener que pagarlo ella –¿cómo, mi marido no os ha pagado para hacernos venir hasta Francia?– Y la respuesta fue no. Por suerte, su madre había guardado dinero en su sujetador, así que 1040 pesetas les fueron pagadas. Y ni si quiera sabían dónde estaban.

Estáis en Béziers, señora – fue la respuesta. Durante todo el viaje no habían hecho otra cosa que caminar por la noche, y esconderse durante el día. Los que eran capturados estaban obligados a decir que habían llegado ahí por sus propios medios, mientras que los demás huían. Ser capturado significaba volver a España directo a la prisión, o ser ejecutado.

La llegada a Francia

No habían oído hablar nunca de Béziers, sólo el nombre de Manosque les era familiar, ya que su padre les escribía supuestamente desde ahí.

Así que después de haber pagado al guía, lo que le pareció bastante caro, su madre le dijo que su marido no vivía ahí de todas formas. Con ayuda de la casera que les acogía, que hablaba un poco de francés, consiguieron enviar un telegrama a Manosque, para intentar avisar a su padre de su llegada; pero los días iban pasando, y las familias iban llegando a recuperar los refugiados, y al final solo quedaron ellas dos.

El señor no se dignaba a aparecer.

A Libertad le era igual, pero su madre no paraba de llorar y decir “mi marido nos ha abandonado, y nunca vendrá a buscarnos”.

El padre de Libertad

Quince días después, su padre apareció.

Ella estaba jugando fuera a la comba, cuando vinieron a avisarle de que su padre había llegado. Sin prisa alguna se dirigió hasta donde estaban, y ya el solo hecho de ver a su madre en los brazos de un hombre, le dejó congelada.

Su madre le insistió en que era su padre, para que fuera a saludarle, y éste le abrió los brazos esperando que ella fuera corriendo hacia ellos. Pero nada de esto sucedió, lo que hizo enfadar a su padre, culpando a su madre de la mala educación que estaba teniendo la niña.

Esa noche la pasaron los 3 en la granja, y su padre solicitó una habitación para Libertad, para que ellos pudieran dormir solos. Ella se negó en absoluto, y tras mucho insistir, acabó durmiendo entre ellos… Nunca les perdonaría que hicieran sus tareas con ella en la habitación.

Conocer a su padre, fue el inicio de su segundo calvario. Un hombre que no la veía como su hija, machista, egoista y pervertido, que le intentará golpear y abusar de ella, para lo cual, Libertad, se refugiará en la casa de su vecina, también española, que será su protectora y confidente.

4 comentarios en “Sobre mi vecina exiliada”

    • Sí sí, la abuelita se casó con un francés a pesar de que su padre quería que se casara con un español amigo suyo, tan machista y malvado como él… Pues se casó con un francés y juntos vivieron la mar de felices 🙂

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      • Me alivia el corazón saber que tuvieron una vida feliz.
        Hay otro post sobre esta historia?

        Me ha interesado tu post porque vivi muchos años en Bélgica y me casé con un belga; nuestras dos hijas (adultas jóvenes) viven en Francia: una en Paris y otra en Lyon asi que viajamos con frecuencia a verlas a ella y a visitar la familia en Bélgica

        Saludos, sigo explorando tu blog

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        • Hola, pues no, la señora, a pesar de los años que habían pasado desde que hizo la transición a pie por los pirineos, aún seguía traumatizada y no quería hablar del tema… Me dio sus memorias, escritas un poco “a su manera”, y con lo que me contó y lo que leí, hice el artículo.
          Lo hice sobre todo para concienciarnos de lo que ha sido nuestro pasado, que estamos olvidando que hace poco hubo una gran guerra que hizo mucho daño, y con tanto racismo y odio que cultivamos, vamos a volver a cometer el mismo error. Un abrazo bonita 🙂

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